jueves, 6 de diciembre de 2012

Generación Pokemon


“Generación Pokemon”[1]: la influencia de los nuevos medios sobre la psiquis humana. -Así tituló Clarín una de sus notas.
Cuál es el verdadero impacto de la realidad virtual sobre el sistema nervioso de un individuo”. Lo interesante es que la pregunta es sobre Sistema Nervioso Central, no sobre el individuo. También es interesante pensar qué individuo, según el diccionario  significa: “persona considerada aisladamente respecto de su colectividad”. Entonces ya sabemos que concepto tienen respecto del hombre poseedor de ese SNC, quienes analizan ésta situación, un individuo. Un ser aislado.
Cuando se sentaron frente a las pantallas no imaginaron lo que les iba a pasar. Fueron 685 japonesitos a los que les cayó mal un episodio demasiado fuerte de “Pokemon”, un dinámico dibujo animado global que convoca multitudes de niños extáticos allí donde se proyecta. Ocurrió el 16 de diciembre de 1997. De pronto, y mientras los “soldados eléctricos” despedían rayos y centellas desde sus cuerpos virtuales, esos pequeños televidentes japoneses comenzaron a manifestar signos que indudablemente remitían a una sintomatología epiléptica.
Los psicoanalistas trabajamos a diario con lo que podría llamarse el “exceso”. Freud dirá que esa energía que no puede ser ligada buscará su descarga por el único lugar que puede hacerlo, el cuerpo. Esto podría decirse,  ocurre siempre y de todos modos y es parte de la estructuración subjetiva, pero aquí hay un agente externo que violenta “en exceso”. Es decir esto sumaría a lo traumático de la infancia un plus que tal vez comprometa el psiquismo  mismo. Sabemos que es la madre o quien esté en función allí, la que amortiguará el impacto de los estímulos internos y externos. Pero en los últimos tiempos la televisión se ha convertido en una práctica y económica babysitter. Tal vez entonces el concepto de “individuo” tiene su lógica, no es casual ni de simple uso corriente.
Bruscamente, y como si algún Pokemon de los malvados y no de los benévolos, los hubiera atacado a ellos desde las pantallas mismas, comenzaron a convulsionar, a vomitar y a manifestar alteraciones psico-corporales que, en realidad, superaron con rapidez. Según los exámenes pertinentes, la sucesión de imágenes muy contrastadas de color rojo, amarillo y azul, muy contundentes, disparó aquella epilepsia inédita alentada por la intensa fotosensibilidad de las víctimas.”
Resulta que antes era el SNC afectado por las luces intensas y parece que ahora la lectura empieza a girar. Se trata de un “como sí de juego. Como si un Pokemon malvado los hubiera atacado.
La velocidad de emisión de la sucesión muy contrapuesta de colores, abrió los muros hacia un suceso no tan extendido cuantitativamente, pero muy significativo: despertó un universo de debates en derredor de la configuración mental que perpetran los nuevos medios. Sobre todo en los consumidores que transitan los primeros estadios de su configuración cerebral.” Los debates que se abrieron según informa el periodista fueron con relación a: -configuración mental y -consumidores. Podríamos inferir que se trata de perfeccionar la maquinaria del consumo para que funcione en óptimas condiciones. Habrá que bajar la intensidad de los colores. Para que la práctica babysitter sea eficaz.
Sobre lo que no se abre un debate es sobre que tipo de relación se establece entre ese “individuo” y la  pantalla. Los psicoanalistas también sabemos que, para algunas familias la presencia de la televisión funciona como pantalla a graves conflictos que serían insoportables y motivo de terribles malestares. En otras ocasiones multiplica soledades en el cuarto, “ cada uno con su bandejita frente a la TV a la hora de la cena”.
En estos días en una publicidad de “televisores que habla de la fidelidad de la imagen y la perfección del sonido, se ve a un joven viendo como un toro persigue a una mujer de vestido rojo hasta que él es mirado por el toro -él lleva camisa roja- que sale de la pantalla y él entra. ¿Quién mira a quién.? Sin duda el joven a la TV. Sin embargo este punto subjetivo pareciera estar poniéndose en cuestión. Podría formularse así ¿dónde está el sujeto?
Antes del imperio global de las pantallas, en tiempos de la evolución psicogenética pre-virtual, la configuración cerebral, intelectual, comenzaba con una fase “concreta” a la que sucedía una fase “abstracta”. Primero era necesario contar con los dedos o con un contador en el que las fichas podían verse y sobre todo palparse y luego recién se arribaba a la configuración de una mentalidad simbólica que podía prescindir de las cosas”.
La misma idea insiste, según parece se puede prescindir del objeto concreto, de su materialidad para entender la virtualidad. Será que los cuentos por CD y DVD reemplazarán la voz de quien ama a un  niño. El “como sí” está instalado de una manera peligrosa. Lo virtual existe, no tiene cuerpo, aunque es evidente que produce efectos sobre él e intenta prescindir de él.
Para la ‘Generación Pokemon’ el esfuerzo pedagógico parece arraigar más en la búsqueda de las grietas del espacio virtual por el que transitan los usuarios de los juegos virtuales, con tanta comodidad, para acceder al espacio real del que poco saben. Pero esa relativa incapacidad real, es a la vez compensada por la hiper-capacidad virtual. En ese sentido podría profetizarse que el poder lo tendrán los bidimensionales: quienes sepan manejarse con la misma soltura en el mundo virtual y en el real también”.
¿Bidimensionales? Siempre fuimos tridimensionales, entre el espejo y el niño la mirada de un tercero. No se puede prescindir de cuerpo del otro, ¿o si? Habría que pensar que a falta de función tercera fusión a la pantalla?
Freud[2] nos muestra la diferencia entre angustia, miedo y susto. En la angustia se trata de cierto malestar frente a un peligro de alguna manera esperable. En el miedo éste recae sobre un objeto determinado, en el susto se trata del  factor sorpresa, se corre un peligro sin estar preparado. Es disruptivo, de golpe. Esos niños frente a su dibujo favorito no estaban preparados para convulsionar, algo parecido a lo que sucede en un accidente.
Entonces si ese exceso de excitación visual y auditiva sigue el camino propuesto por Freud, cabe esperar la formación de algunos síntomas -que se encargan de aclarar fueron pasajeros-, síntomas seguramente de los cuales no tendremos noticias en los medios; seguramente sí en los consultorios, escuelas. En el caso de la nota de Clarín como la escena excedió en mucho, -aunque sea una redundancia-, obligó a darle alguna explicación. Sin embargo los sujetos de esta sociedad de consumo, consumen horas de pantalla diariamente por distintas circunstancias. Seguramente la subjetividad de la época irá tomando nota no tan pasajeramente de éstos sustos pasajeros…
Temas para seguir pensando, invito a quienes se sientan convocados por esta temática a escribir y producir algún entrecruzamiento posible. Allí donde los cambios de relación  social muestran su cara más cruel. La del “individuo”.



[1] Miguel Wiñazki. Editor de la nota en clarín sociedad, Agosto 2004
[2] S. Freud; Mas allá del principio del placer.

*Artículo publicado en la revista Psyche Navegante N°64 - www.psychenavegante.net

¿67 años, no es nada?


Resulta que se conocieron cuando ella era muy joven, una adolescente. Su padre le había regalado un caballo pero no era el que ella quería. Lo montó y el caballo la tiró. Sufrió graves heridas que la inmovilizaron durante un año.
Hoy, ella cree que él se casó apenado por su situación. El joven era buen mozo y culto. Sería un excelente cirujano, pero -sin ella- no hubiera sido nada. Juntos pusieron la clínica mientras vivían en el petit hotel del centro.
Ella, una dama extraña, según cuenta su hija – “Mi mamá siempre fue rara, en algún punto no era normal para su época, siempre vestía raro y se movía estruendosamente”. Las artes plásticas la “deliraban”. Hubo hijos vivos, muertos, nietos, casas, viajes, glamour, dinero. Siempre juntos, siempre raros.
La salud de esta mujer empieza a deteriorarse con los años. Cada vez mas rara. Nunca estuvo internada ni medicada, sus ataques los toleraba el marido, la calmaba. Cuando ella viajaba al campo él descansaba de las guerras matrimoniales. Su hija lo describe como lúcido, inteligente, brillante hombre de ciencia que operó hasta hace poco tiempo y se hizo operar de cuanto pudo. Ella sigue empeorando. Casi nadie puede entrar a la casa. Todos son enemigos. Están solos y recluidos. Él hace las compras, ella come. Él limpia, ella ensucia. Un idilio que bordea los 67 años.
Ella se deteriora físicamente. Una diarrea se instala y no hay forma de parar la mierda, sale, sale, sale. La internan y sale, vuelve a la casa. Él se descompensa, hay que operarlo de una obstrucción intestinal, hay materia fecal retenida. Es de urgencia. Llega la ambulancia y se lo llevan. Mientras tanto la señora miraba fotos con su nieto mayor. Parecía no registrar nada, hasta que gira su cabeza y ve salir la camilla con su hombre allí : “Qué hacen? Quiero saludar a mi marido!!”.
Nadie hace caso y la dejan allí sola con el jovencito. Fue entonces que se desencadenó: -rompe, grita, llora, insulta, amenaza. Es un huracán de 92 años con diarrea. El nieto escapa y los vecinos llaman a la policía. Cuando llega la ley ella está muy tranquila y explica que internaron a su marido y no la dejaron saludarlo, parecía muy lógico su enojo.
Entre tanto, el señor se desorganiza mentalmente, sus manos se mueven como si estuviera anudando los hilos en una cirugía. No sabe donde está. Sólo mueve sus manos como cuando operaba y pregunta por su mujer. ¿Quién la estará cuidando?
La operación es de riesgo y no podrán saludarse antes. Ella se desintegra cagando. Él se obstruye con mierda hasta la necrosis de sus vísceras. Y no podrán saludarse, ni gritarse, ni morderse, ni odiarse. Se rompió el circuito que los mantenía unidos. El cuerpo de él no lo soportó mas, de todos modos aguantó bastante.
El cuerpo, ¿un cuerpo? La hija tenía razón. Se trató de una vida. Se trata de un cuerpo que se empieza a separar y se hace mierda en el intento. En el final hay cierta complementariedad  sintomática: uno, larga mierda sin límite; el otro, la retiene. “Como fue toda la vida , dirá la hija.

Me interesa pensar el siguiente aspecto del caso: el circuito que los mantenía unidos, donde es claro que no estamos en el terreno del amor y del deseo. Tal vez se trate entonces del circuito de la satisfacción?
Este tipo de vínculo es bastante frecuente de encontrar en la clínica con niños graves y la relación con sus madres, lo que comúnmente es diagnosticado como “psicosis simbiótica”. Allí, el objeto en cuestión aparece en su versión tapón, como objeto de la pulsión, como un intento tal vez de rehacerse de la primera pérdida. Pero la pregunta prefiero hacerla en relación a la falta de objeto, ... de eso se trata nuestra práctica”, dirá Lacan(1). Pero en éstos casos se trataría de la falta de falta de objeto.
Si me ubico en esta zona, me ubico en relación con la frustración y entonces lo que se estaría poniendo en juego en esta triste y tormentosa escena es el objeto Real que falta en lo Imaginario generando el dolor de la frustración. El objeto con su envoltura imaginaria producto de la castración no está funcionando en este tipo de relación amorosa, por eso la vida y la muerte se precipitan con una especularidad feroz.
Tal vez a la falta de falta de objeto imaginario cada uno respondió con el cuerpo como versión Real del objeto. Como tapón.
Lacan plantea que habría aquí un agente: la madre, dice- ¿La función madre? Me inclino a pensar en La Madre. Un todo sin barrar que podrá solo ofrecer objetos reales que no devendrán simbólicos .
A sus propios hijos se los “llevarán puestos” taponando.
Los ancianos de esta historia se estabilizaron durante años en una psicosis simbiótica. Uno podrá creer que la pasaron mejor que en un hospicio -lo cual es bastante cierto- sólo que “se llevaron puestos”[1] a  sus hijos. El menor está desaparecido por problemas de mafia. El mayor, herido a cuchilladas inflingidas por su amante, parece que ha ido inscribiendo su cuerpo a manos de un buen cirujano. Y la hija, quien relata esta historia en el diván de esta analista, es quien parece que podrá contar la historia con el dolor de tener a su hijo hecho mierda y darse cuenta por qué.
Tres generaciones hacen falta. En la tercera, la falta de falta está eclosionando... Hace unos años este nieto mayor -el que acompañaba a la abuela cuando internan a su marido- corría a su padre con un cuchillo. Me tocó intervenir en aquella ocasión. Claro, aún no conocía la historia del abuelo cirujano.

Silvia Sisto
Psicoanalista

Bibliografía:
1)      Lacan: Seminario IV, De las Relaciones de Objeto
2)      S. Rodríguez- R. Estacolchick: Escenas, causas y razones de la vida erótica





[1] Argentinismo que alude en este caso a matar simbólicamente al otro.


*Artículo publicado en la revista Psyche Navegante N°62 - www.psychenavegante.net